Categoria: Diario de viaje

El otro día, unos veinte minutos antes de comenzar el concierto en el MUSAC, le pedí a la encargada de seguridad que me dejara unos momentos en la Sala 1 del museo, ya cerrado al público, para poder quedarme a solas con la exposición “Self-Timer Stories” (“Historias del autodisparador”). Mi mente estaba ocupada pensando en el diálogo que acabábamos de tener en torno a la autogestión: en lo que dije, en lo que no dije, en la vehemencia con la que a veces me expreso (fruto de la práctica y la repetición de ideas frente a otros), en si será entendida como pasión o como virulencia. Debía centrarme en arrancar a cantar a capella, aún de día y en un patio exterior, una canción que habla de una carretera y un lugar con una historia siniestra. Pensé en los relatos similares que definen a muchos pueblos de la provincia leonesa; en cuántos muertos y recuerdos dejaron esos grandes depósitos artificiales de agua que fueron los pantanos construidos hace décadas. Pero no era capaz de concentrarme en lo que iba a comenzar en muy pocos minutos.

Y entonces una imagen me miró y me dijo todo lo que tenía que hacer: “No pienses más, sal ahí fuera, mira los magnolios. Aunque estén raquíticos, pues sus raíces crecen bajo bloques de hormigón, están ahí para que los huelas”.

Esa imagen es un autorretrato de Cristina Núñez que, indagando en la red, he sabido se titula “Sick Cris”. Bajo la foto, y entre otras veinte imágenes más (en una compilación titulada “Someone to love”), una carta dirigida a la artista en la que alguien le expresaba cuán feliz le había hecho. Tuve que dejar de leerla por puro pudor, y entendí lo que a veces me dicen algunos sobre la tensión que provoca asomarse a letras explícitas y biográficas. Comprendí en cierto modo la similitud entre aquel autorretrato y mis canciones. “Lo personal es político”, dice el libro en el que se presenta y recoge la exposición. Así lo siento yo también. Y, como Núñez, valoro el arte como terapia y como proceso de exploración interior que se comparte con el público.

El concierto estuvo bien. Fue la primera vez en crearse una cola de gente para abrazarme y darme las gracias, y aprecié muchísimo ese gesto de conocidos y desconocidos, que permiten que uno confirme que el HACER SENTIR es precisamente la razón por la que todo merece la pena.

Gracias a MUSAC y Lados Magazine por la coordinación del encuentro. Gracias a Cristina Núñez por haberme brindado, a través de su obra, esa mirada que me hizo sentir.

Obra de Cristina Núñez

Obra de Cristina Núñez

 

 

En algún lugar entre el aeropuerto y el cielo de Munich, 15/06/15. 22:05 h.

 

Delante de mí viaja una familia formada por una madre y sus tres hijos. La mujer es joven, guapísima. Pide a la azafata gominolas para ellos y alarga su brazo hasta alcanzar con su mano la de su hija mayor, sentada al otro lado del pasillo. Bloquean el paso durante el despegue. Brillan su anillo y sus uñas esmaltadas. Se aprietan fuertemente.

 

La imagen es bella y aterradora.

 

Siento la necesidad de escribir sobre ello y me agacho a coger el cuaderno que guardo en la mochila, bajo mis pies. En ese momento comienza a sonar un teléfono varios asientos más atrás. La mujer me mira con desprecio, y a la vez temerosa, creyendo que soy yo la que ha olvidado apagar el aparato y a quien están llamando en pleno ascenso.

 

Suena la señal que indica que podemos desabrocharnos el cinturón. Madre e hija separan sus manos. La madre, con la derecha, sigue pasando las cuentas púrpuras de un rosario.

 

Pido un zumo de tomate, a juego con la situación, y disfruto de las vistas de este anochecer anaranjado por encima de las nubes. Me pregunto si este momento tan precioso sólo será apreciable por aquellos que, al menos ahora mismo, no tenemos miedo a nada.

 

 

El sábado, en el escenario de The Lemon Day, con la Coronado vibrando en mis manos, tuve un pensamiento muy claro: “esto es por lo que todo merece la pena”. No hay nada como esa sensación, como mirar a Héctor y a Rubén, al público, y sentir los acoples de la guitarra. Es el empoderamiento que otorga el tener un “arma de construcción masiva” a merced de una misma, apuntando a cada puño en alto de cada amigo, a cada sonrisa de cada desconocido.

Entonces una se olvida del accidente con el taxi de camino al aeropuerto de Wroclaw, del cacheo y registro de maleta por llevar dispositivos electrónicos sospechosos, del retraso de media hora del avión hacia Munich, de la carrera en el aeropuerto de Munich para poder coger el avión hacia Barcelona, del otro retraso de 20 minutos, de la migraña de dos días.

No se puede expresar con palabras lo que supone que existan festivales como éste. Lugares de encuentro y reencuentro, citas ineludibles, pasión por la música y por las personas.

Decía el Albini hace poco: “Primavera Sound is the one that has had their shit together the best […] You can tell that they have selected the bands because they like them and not because they made some deal so they can play.” Se ve que el tío no se ha pasado por The Lemon Day para comprobar lo que es la buena mierda de verdad, la independencia, el mimo en la organización y la generosidad.

Gracias a todos los que lo habéis hecho posible durante 10 años. Ha sido un honor formar parte de ello. Gracias al público que ha puesto a hervir con su calor todo este esfuerzo en estado sólido, que ha acabado evaporándose en una niebla de autenticidad de la que todos hemos respirado y que nos ha enseñado a ser mejores.

Ahora, como dijeron los Za!, a por el Mandarina Day.

Ainara LeGardon en The Lemon Day por Rafa Rodrigo

Ainara LeGardon en The Lemon Day por Rafa Rodrigo

“Mira, hermana, me levanto en medio de una canción porque me da la gana decirte una cosa, y de paso darte un beso. Ahora tú tranqui, que retomamos el tema enganchándolo con “Killing in the name of”, y, por supuesto, lo hacemos todo por los Crazy Horse”. (Héctor Bardisael alicantino supremo-, en medio de “Forget just anything” en The Lemon Day. La felicidad hecha momento.

Ainara LeGardon y Héctor Bardisa por Rafa Rodrigo

Ainara LeGardon y Héctor Bardisa por Rafa Rodrigo

Y para continuar con la serie de imágenes titulada “Gustera en The Lemon Day”, una instantánea de Demoliciones Martínez, bien a gusto, fantaseando con el momento de pisar uno de sus pedales y reventar el equipo de sonido. Gatito lindo.

Rubén Martínez en The Lemon Day por Rafa Rodrigo

Rubén Martínez en The Lemon Day por Rafa Rodrigo

 

Ainara LeGardon en The Lemon Day por Rafa Rodrigo

Ainara LeGardon en The Lemon Day por Rafa Rodrigo

Ainara LeGardon en The Lemon Day por Rafa Rodrigo

Ainara LeGardon en The Lemon Day por Rafa Rodrigo

“Incluso desde aquí nuestra ciudad está siempre al alcance de la mano
si cierras el puño cabe en el bolsillo”

[Extracto del poema W mieście” (“En la ciudad”) de Marta Eloy Cichocka]. 

Foto de Rafa Rodrigo

Foto de Rafa Rodrigo

Al presionar el botón de grabación capturo pequeños pedazos de ciudad. Los voy guardando, del puño a la chaqueta, y dejo que ellos mismos se mezclen a su gusto con el vaivén de mis pasos. Aprehendo también los gestos, la belleza, las arrugas, la experiencia de cada una de las personas con las que me cruzo, y cuya respiración acaba en mi bolsillo. No entiendo todo lo que cuentan, pero me lo imagino. Es lo mismo que otros muchos han sentido ya.

Escucho la lluvia, que a veces escupe y moja de igual forma aquí que allá. Admiro la impresionante arquitectura de las grandes plazas, y también los pobres balcones de barrio, apuntalados, con esas cristaleras que un día brillaron. Me fijo en las trampas estéticas que esconde Wroclaw: ventanas falsas, pintadas en la fachada de los edificios, sólo para poder mantener la simetría en la composición. Pienso en el Horror vacui, la no aceptación del vacío.

Falsa ventana en la Plaza del Mercado de Wroclaw. Foto de Rafa Rodrigo

Falsa ventana en la Plaza del Mercado de Wroclaw. Foto de Rafa Rodrigo

A mí, en cambio, me produce cierto rechazo la saturación de músicas, melodías, cantos, sonidos, ruidos, voces y ecos que nos rodean de forma continua. En una ciudad apenas existen lapsos silenciosos. No nos libramos del rumor del tráfico ni siquiera en el interior de uno de los grandes parques urbanos, donde escuchar el batir de alas de un pájaro se convierte casi en un manjar poético que no se encuentra al alcance de cualquiera. Durante las horas diurnas, ni en Donostia ni en Wroclaw cesan los ruidos de las obras; muchas veces, tampoco de noche. Las ciudades se visten de gala, y nosotros sufrimos sus quejas cuando les apretamos demasiado el corsé o la corbata. Y mientras tanto, el mar y el río no dejan de moverse. ¿Qué habitará bajo los agujeros burbujeantes que quedan en la costa al retirarse las olas? ¿Y bajo la estela que dejan los patos al mover sus palmas en el agua? ¿Será ahí donde residen los huecos, el espacio, el tiempo, el descanso desde el que poder oxigenarnos?

En “El deseo como cemento” un collage sonoro formado por grabaciones de campo realizadas en Donostia y Wroclaw es manipulado en directo desde dos reproductores de casete, y filtrado por un eco de cinta analógico. El sonido natural de mi voz se entremezcla con el de objetos y materiales que funcionan como aglomerantes. Se moldean y adhirieren a los sonidos de las ciudades, aceptando y creando artificialmente momentos de silencio, pues sospecho que es entonces cuando la ciudad nos permite pensar en cuáles son nuestras necesidades, inventar aquellas historias que deseamos se conviertan en realidad, y, en definitiva, dialogar.

Dialogar entre nosotros y con ellas, en el idioma en el que hablan las ciudades y las historias: un lenguaje aunque a veces torpe, siempre acogedor; formado por palabras truncadas, de las que nos llevamos tan sólo una parte de su significado. De esta manera podemos seguir construyendo ficciones y rellenar con el cemento del deseo los huecos de nuestra vida que no acertamos a comprender.

 

Algunos elementos utilizados en “El deseo como cemento”:

Dispositivos y elementos utilizados en "El deseo como cemento". Foto de Ainara LeGardon

Dispositivos y elementos utilizados en “El deseo como cemento”. Foto de Ainara LeGardon

-Astilla de haya recogida en Garoa Kultur Lab (Donostia) el 27 de marzo del 2015: La poesía sonora de los golpes del hacha en la madera, esos cortes con los que el aizkolari Patxi Larretxea cantaba sobre el tronco mientras su hijo Hasier recitaba los versos de esa “Niebla fronteriza” a través de la que los vascos caminamos, intentando conjugar nuestras vidas entre tiempos verbales pasados y futuros: http://www.ainaralegardon.com/2015/06/la-poesia-de-la-vulnerabilidad/

-Sonido de mis manos pasando todas y cada una de las páginas del libro “Cartas a un joven poeta” de Rilke, en Garoa Kultur Lab (Donostia) el 9 de junio del 2015. Aprovecho mi amistad con Ines, la librera, para pedirle que baje el volumen de la música y así poder grabar tan sólo el sonido del papel, arropado por el ambiente creado por cuatro clientes.

-Arena recogida en la playa de Ondarreta (Donostia) el 9 de junio del 2015: http://www.ainaralegardon.com/2015/06/mis-pasos-en-busca-del-liquido/

Grabando Ondarreta. Foto de Rafa Rodrigo

Grabando Ondarreta. Foto de Rafa Rodrigo

-Conchas recogidas en la Zurriola (Donostia) el 12 de junio del 2015: Tesoros de playa, que quizás no sean los más bonitos, pero sí los que mejor suenan; los más ligeros y agudos, los más rugosos y versátiles, los que tienen agujeros para poder soplar a través de su cuerpo. Con cada ola, una joya más.

-Sonido de mis pasos caminando hacia la orilla de la playa de la Zurriola (Donostia) el 12 de junio del 2015, y cómo se esconden, poco a poco, bajo el rumor de las olas: http://www.ainaralegardon.com/2015/06/proyecto-wroclaw-donosti-9615/

-Sonido del tranvía 2496, línea 24 a Osobowice, grabado en Wroclaw el 21 de junio del 2015, la belleza y los gestos de la conductora, la historia de los cazadores y otros viajeros: http://www.ainaralegardon.com/2015/06/cuervos-lluvia-y-tranvias-wroclaw-210615/

La conductora del 2496. Foto de Ainara LeGardon

La conductora del 2496. Foto de Ainara LeGardon

-Sonido del mercado de La Bretxa (Donostia) el 12 de junio del 2015: los idiomas mezclados, la máquina que sierra el tuétano, el hacha que despedaza la carne, las cajas registradoras, las flores, la amabilidad.

-Sonido del mercado Hala Targowa (Wroclaw) el 20 de junio del 2015: los pájaros robando pienso, los teléfonos, los frutos rojos, las voces, las risas.

Mercado Hala Targowa. Foto de Rafa Rodrigo

Mercado Hala Targowa. Foto de Rafa Rodrigo

-Sonido del Parque de Cristina Enea (Donostia) el 12 de junio del 2015: perros jadeando, manojos de llaves meciéndose al cuello de los caminantes que silban para llamar la atención de sus mascotas, bicicletas.

-Sonido del río Odra a la altura de Paula Wlodkowica (Wroclaw) el 18 de junio del 2015: las palomas empapadas emprendiendo el vuelo, el puente de madera temblando al paso del tranvía.

Paloma antes del vuelo. Foto de Rafa Rodrigo

Paloma antes del vuelo. Foto de Rafa Rodrigo

El vuelo de la paloma. Foto de Rafa Rodrigo

El vuelo de la paloma. Foto de Rafa Rodrigo

-El mar entrando con fuerza bajo el puente del Kursaal (Donostia) el 9 de junio del 2015.

-Sonido de un parque a la orilla del río Odra (Wroclaw) el 20 de junio del 2015: niños jugando en los columpios, viento en los arbustos, mis pasos en la gravilla.

-Niños jugando al fútbol en la Plaza de Cataluña (Donostia), el 9 de junio del 2015: bajo el cartel que avisa “prohibido jugar al balón” éste rebota contra las paredes de la Parroquia de San Ignacio, en cuyo interior se está rezando el rosario.

"Debekatua baloiarekin jolastea". Foto de Rafa Rodrigo

“Debekatua baloiarekin jolastea”. Foto de Rafa Rodrigo

-Un rosario encontrado en una silla del Teatro To Tu (Wroclaw) el 30 de junio del 2015.

-Una grabadora de casete rota, comprada en la tienda de objetos de segunda mano “Gauza Onak” (Donostia) el 12 de junio del 2015 por un tercio del precio que pedían por ella. No funciona correctamente, pero realiza una lectura propia e interesante de aquello con lo que se encuentra.

-Una vasija de cristal y una grabadora de casete (también deteriorada) compradas en el mercadillo del domingo 28 de junio del 2015, tras la antigua estación de tren de Wroclaw.

-Sonido de muelles oxidados, de varios tamaños y formas, así como una pieza creada utilizando los artefactos con los que se realizaban los efectos especiales de las películas de los años 50 en Wroclaw Feature Film Studio (WFF Wroclaw), actualmente denominado CeTA- Centrum Technologii Audiowizualnych (Centro Tecnológico Audiovisual). Grabado el 26 de junio del 2015.

Amasando muelles. Foto de Rafa Rodrigo

Amasando muelles. Foto de Rafa Rodrigo

-Una circunferencia de papel fino, donde se escribían antes los patrones polares de los micrófonos, recogida en la antigua sala de efectos especiales del CeTA (Wroclaw) el 26 de junio del 2015.

-Semáforo en verde, con indicación sonora percutiva para invidentes que recuerda al sonido de la txalaparta, grabado en Wroclaw el 26 de junio del 2015.

El semáforo-txalaparta. Foto de Rafa Rodrigo

El semáforo-txalaparta. Foto de Rafa Rodrigo

-Palomas confiadas, cuervos esquivos, patos hambrientos a los que una niña alimenta con pedazos de pan duro. El vuelo de todos ellos. La lluvia.

Foto de Rafa Rodrigo

Niña dando de comer a patos y palomas. Foto de Rafa Rodrigo

Cuervos. Foto de Rafa Rodrigo

Cuervos. Foto de Rafa Rodrigo

Observando los cuervos, grabadora en la mochila. Foto de Rafa Rodrigo

Observando los cuervos, grabadora en la mochila. Foto de Rafa Rodrigo

-Tráfico, sirenas, gentío, cómo cambian las voces en los pasos subterráneos.

-Viento, al que he dejado que se recree con los micrófonos de la grabadora. En ocasiones, ni el mejor quitavientos puede silenciarlo.

Inspiración tomada de forma más o menos directa de Eneko Gil, Jaime de los Ríos, Antonio Onio, Braulio Bandeira, Hasier y Patxi Larretxea, Adam Zagajeswski, Marta Eloy Cichocka, Eugeniusz Get Stankiewicz, Bruno Schulz, Malgorzata Haduch, Maria Mavridou, Dariusz Jackowski, Álvaro Barriuso, Rafa Rodrigo,  un guía turístico llamado Simon, y las historias de destrucción y reconstrucción que han marcado a ambas ciudades.

Recomendaciones literarias de autores polacos. Foto de Ainara LeGardon

Recomendaciones literarias de autores polacos. Foto de Ainara LeGardon

“Zrób to Sam”- “Do It Yourself” de Eugeniusz Get Stankiewicz. Foto de Rafa Rodrigo

“Zrób to Sam”- “Do It Yourself” de Eugeniusz Get Stankiewicz. Foto de Rafa Rodrigo

Gracias a los equipos humanos de DSS2016, ESK Wroclaw 2016, Etxepare Euskal Institutua, CeTA- Centrum Technologii Audiowizualnych, Księgarnia Hiszpańska Wrocław, Garoa Kultur Lab, Kris Cwik, y a todas las personas de las que he podido capturar un gesto o con las que he compartido experiencias durante este proceso artístico.

 

Wroclaw, 26/06/15

 

Jaime de los Ríos: “En Wroclaw toda la red urbana de semáforos está diseñada por psicólogos para minimizar el estrés a los ciudadanos”.

Ainara LeGardon: “¿En serio?”

Jaime de los Ríos: “No, pero me lo imagino, y sería perfectamente posible”.

Así comenzamos este caluroso viernes, paseando hasta Impart, el lugar que acogerá al Festival BASK, en el que participaremos el próximo fin de semana.

Fantaseamos con relatos que poder contar a nuestra vuelta, ficciones posibles que sean capaces de hacer más agradable nuestras existencias y las de los que nos rodean. ¿Por qué no inventarnos toda una historia y crear así un lugar nuevo, y nuestro? Repertirla tantas veces, que se haga realidad. Jaime insiste en que la raíz de la palabra “verdad” en inglés (truth), viene de “confiar” (trust), y, de repente, se pone un semáforo en verde acompañado de unos ecos de txalapartas como indicación para los invidentes.

Está claro que este sistema de señales lo han diseñado para nuestro disfrute, así que me pongo a cazar el sonido de la percusión ancestral que sale del pequeño altavoz en lo alto del poste, mientras Jaime pone a funcionar su pieza “PKP” en Twitter.

Ainara LeGardon y Jaime de los Ríos, cada uno a lo suyo. Foto de Rafa Rodrigo

Ainara LeGardon y Jaime de los Ríos, cada uno a lo suyo. Foto de Rafa Rodrigo

Es impresionante cómo esa pequeña sonoridad lejana nos puede transportar al hogar de una manera tan directa. Todo cuadra. Al llegar a Impart cada uno de nosotros elige la localización más apropiada para mostrar su obra. Yo, acunada aún por los sonidos de la tierra y cómoda como en mi propia casa, decido montar una sala de estar en el vestíbulo principal del edificio desde la que poder cantar y contar narraciones tan reales como cada uno las sienta.

Probando cómo montar el salón de casa en el escenario. Foto de Jaime de los Ríos

Probando cómo montar el salón de casa en el escenario. Foto de Jaime de los Ríos

Varios días antes, Eneko Gil y yo trabajamos, en el contexto de un laboratorio de movimiento y performance, bajo la premisa “fake it till you make it”. Decidimos poner en práctica, pues, todo lo aprendido.

Eneko Gil y Ainara LeGardon, fingiendo hasta conseguirlo. Foto de Paula Victoria Photography

Eneko Gil y Ainara LeGardon, fingiendo hasta conseguirlo. Foto de Paula Victoria Photography

Aún nos queda media hora de paseo hasta el CeTA- Centrum Technologii Audiowizualnych (Centro Tecnológico Audiovisual). Lo que dentro de sus muros descubro, no hubiera podido imaginarlo ni en mis sueños más enrevesados y surrealistas. Sin duda todo ello merece una entrada independiente en esta bitácora.

(Continuará).

Wroclaw, 25/06/15

Conviviendo con Jaime de los Ríos y Eneko Gil, se han producido situaciones tremendamente divertidas, inspiradoras y reflexivas. Tanto es así, que hace unos días decidí integrar, de alguna manera que aún no tengo clara, sus proyectos artísticos en el mío.

Eneko baila, se mueve, sonríe y piensa como mantequilla. Ha inspirado su solo de danza en los cuentos “Las tiendas de canela fina” de Bruno Schulz, cuya escritura dicen que es como un “carrusel desorientador”. Le pido que me preste el libro durante unos días, para comprobar si yo también soy capaz de inhalar su esencia. Mientras tanto, tengo la osadía de inscribirme en un laboratorio de movimiento y performance para bailarines, al que acudo con Eneko. Le observo y envidio el poder y el control que ejerce sobre su cuerpo. A mí me sangran hoy las rodillas, y apenas puedo gestionar este sonido de la vulnerabilidad que ahora escucho, el del ridículo, el de la vergüenza, el de la fragilidad. Sin duda, me he aturdido en este tiovivo.

Intento olvidar el dolor físico y el proveniente del orgullo quebrado, y me pongo a leer a Schulz. En sus palabras encuentro sonidos oníricos con los que consigo quedarme adormilada:

“Las hierbas, los cardos, las ortigas y bodiak arden crepitando en el fuego del mediodía. La amodorrada siesta del jardín zumba con el estrépito de las moscas. Rastrojos dorados aúllan al sol como una nube de langostas, los grillos se desgañitan en la lluvia rutilante del fuego, las vainas colmadas de granos estallan en silencio expeliendo su fruto como saltamontes.”

(Extracto del cuento “Agosto” de Bruno Schulz, incluido en “Las tiendas de canela fina”).

Cuanto más rápido camino, más me duele, así que decido ir lenta. En todos los sentidos.

Jaime es un entusiasta, ávido de compartir experiencias y conocimiento, de dudar; De realizar un cuestionamiento colectivo tanto de nuestras acciones como de las reacciones que provocamos en nuestro entorno, y llegar a conclusiones cuasi-mágicas.

Iniciando juegos, poniendo a prueba nuestras intuiciones. Así pasamos estas jornadas.

Jaime trabaja en su proyecto tomando como base un listado de palabras primordiales, en polaco y euskera, que seguramente ya fueran empleadas por nuestros ancestros para referirse a lo más básico y esencial en su existencia. Mi idea es tomar varias de ellas y trabajarlas, amasarlas, desmembrarlas y dotarlas de una nueva vida en forma de poesía fonética que acompañe al collage realizado con los sonidos de Donostia y Wroclaw.

En mi opinión, vulnerabilidad es uno de esos términos elementales que deben existir desde que somos lo que somos y miramos de frente a nuestros retos (ya sean los bisontes que Jaime ha incluido en su lista, o los desafíos que encaramos al desear crecer como personas, en cualquier ámbito).

Poesía. ¿Por qué no incluirla también en esa relación de vocablos primordiales? He traído un trozo de ella en la maleta, en forma de astilla de haya recogida en Donosti. La poesía sonora de los golpes del hacha en la madera, esos cortes con los que el aizkolari Patxi Larretxea cantaba sobre el tronco mientras su hijo Hasier recitaba los versos de esa “Niebla fronteriza” a través de la que los vascos caminamos, intentando conjugar nuestras vidas entre tiempos verbales pasados y futuros.

Precisamente Hasier Larretxea me recomienda la obra de varios autores polacos, destacando a Adam Zagajewski. Encuentro en la librería Księgarnia Hiszpańska Wrocław el último ejemplar en castellano de “En la belleza ajena”, y, entre sus páginas, un párrafo que nos describe como vocales y consonantes, como esa materia prima de los fonemas, de las acciones, de la vida.

“Personas-vocales y personas-consonantes. Vocales son aquellas que gustan de hablar, de reírse –y al reír, echan la cabeza hacia atrás con energía-, aquellas que nacieron para la expresión. Las personas-consonantes callan generalmente, en sociedad pasan por aburridas, se duermen en el tren. Mas sin ellas no existiría la humanidad; las lenguas se las arreglan mejor sin vocales que sin el tieso y pesado brocado de las consonantes”.

(Extracto de “En la belleza ajena” de Adam Zagajewski).

Salgo a dar otro paseo, a explorar e intuir cómo suenan esas historias y relatos que todos llevamos en la mirada, incluso aquellos que cierran los ojos y se quedan dormidos en el tranvía, o aquellos cuyo pulso va tan rápido que sus figuras acaban por desdibujarse.

 

Foto de Rafa Rodrigo

Foto de Rafa Rodrigo

Recomendaciones literarias de autores polacos

Recomendaciones literarias de autores polacos. Foto de Ainara LeGardon

Wroclaw, 21/06/15

 

Creo que la conductora del tranvía número 2496 es la mujer más guapa del mundo.

Se acaricia elegantemente la parte posterior de la oreja derecha y juega con su pendiente de aro mientras nos mira a través de un espejo convexo en cada semáforo que le indica detenerse.

Llueve de nuevo sobre los balcones apuntalados.

El agua se cuela dentro del vagón y me moja el pelo.

Dos cazadores con viejos uniformes militares, escopetas al hombro y latas de cerveza en los bolsillos, amenazan tormenta.

La mujer mayor del pelo caoba, que se dirige a misa, inquiere con sus miradas a la chica de rosa que toscamente conversa por teléfono con voz demasiado alta, bostezando sin taparse la boca y alardeando de su resaca.

Vuelvo a apearme en la parada de la calle Serbska, donde se concentran los fabricantes de ornamentos funerarios. Una mañana más, los nombres aún no grabados en las lápidas de mármol se dejan borrar por el aguacero.

Por fin consigo capturar la voz del cuervo, que tanto se ha acercado a mí estos días, y que tan ágilmente ha esquivado la máquina de registrar sonidos. El tranvía repite su patrón de canto sobre los raíles que cruzan el puente.

La conductora del 2496. Foto de Ainara LeGardon

La conductora del 2496. Foto de Ainara LeGardon

Cuervos. Foto de Rafa Rodrigo.

Cuervos. Foto de Rafa Rodrigo.

Observando los cuervos, grabadora en la mochila. Foto de Rafa Rodrigo

Observando los cuervos, grabadora en la mochila. Foto de Rafa Rodrigo

Arratsaldeon!
No he ido al Primavera Sound, pero os aseguro que he disfrutado del verdadero sonido de la primavera. Paseando por el monte se descubren poemas escritos con el eco de la madera. Hoy comparto un fragmento del diario de viaje de hace un par de semanas, a través del valle del Baztan. Está dedicado a Hasier Larretxea y a su aita.

 

Infernuko errota, 17/05/15

 

El riachuelo que camina hacia el Molino del Infierno domina el lenguaje Morse,
con sílabas cosidas por vocales cerradas,
pronunciadas a lo largo de las eras que han quedado marcadas con líneas blancas en las rocas.

¿Y tú, cómo te llamas?

¿Cómo tus piedras, tu arena, tu cauce?

Las ortigas de tu orilla, las vistosas y mortíferas digitales, los tréboles que han nacido para acolchar los pasadizos de troncos caídos.

Tu sonido cambiante al girar sobre mí misma encima del puente,
al pivotar sobre los tobillos que ahora se quejan.

Al otro lado sólo se atreven a cruzar aquellos que no temen a la magia.

Te llevaría conmigo si pudiera.

Un leñador con sierra ha compuesto un poema con los pedazos de un roble,
como fonemas, uno tras otro, dispuestos en maravilloso desorden.

 

Foto de Rafa Rodrigo

Foto de Rafa Rodrigo

[Recomposición de ideas y textos escritos entre el 1 y el 10 de mayo del 2015, entre Irun y Madrid. No hay imagen ni música posible para acompañarlos, quizás sólo la de la banda sonora de la película que finalmente no pude ir a ver].

Llora mi nariz, nieva polen.

Cojeo desde que hace nueve días nos bajaron de un tren que se había enganchado a la catenaria en Zumarraga. Una de mis dos maletas pesa casi treinta kilos. Yo la fingí ligera.

Por un momento estoy perdida. Nos aproximamos a una ciudad de casas palaciegas, con un verde vivo y húmedo. Dudo. He olvidado a dónde me dirijo y han de pasar unos segundos hasta que reconozco Donosti. Durante ese pequeño lapso me he extraviado también en el tiempo. “Qué día tan primaveral, para ser noviembre”. Creí que estos seis meses no habían pasado.

Me dicen que llevo exceso de equipaje. Pienso en todo aquello con lo que cargo hoy, y de ello, qué podría dejar atrás.

El burro se rasca la cabeza contra la esquina del invernadero. También le está dando vueltas al asunto.

Aligerar.

 

Al sol admiro las veinticinco plantas fantasma del Edificio España, aquel realizado por los Otamendi y que es hoy el símbolo de la vergüenza y el sinsentido.

Vacío.

Dos perros se revuelcan en la hierba, rascándose el lomo compulsivamente. Se manchan con las heces de otros perros.

Es necesario indagar en los intestinos y embadurnarse. ¿Lo es?

Camino bajo un andamio cubierto de plástico, a modo de pasillo de ficción que bien pudiera desembocar en otra realidad.

Que no lo es, que es ésta.

Disfruto del trayecto.

Pero duele cada vez que doblo la esquina de la calle Reyes.

Anoche sólo hubo unos pocos “clicks”. Bien. A veces merece la pena dejar los brazos libres, coger a alguien de la mano o cerrar fuerte los puños, dejarse llevar y disfrutar de la música.

Anoche viví uno de los conciertos más mágicos de los últimos años. Algunos me dijisteis que viajasteis también junto a mí. Alguna lágrima se le cayó a alguien, y me lo hizo saber. Algún “flipatzen naiz” me sacó la sonrisa. Algún aplauso ralentizó mis movimientos durante un segundo.

Ha sido la primera vez desde hace mucho tiempo sin una sola foto en las redes sociales a las pocas horas, sin que, al abrir los ojos, viera manos en alto con cámaras o móviles. Parece que estamos volviendo a ser reales, y aún así (y por ello) a ser capaces de volar. GRACIAS.

PD: no hay imagen para ilustrar esta entrada. Pon la tuya.

PD2: con todo el cariño y agradecimiento a los fotógrafos-camaleones que nos regláis vuestra pasión sin que apenas nos percatemos de vuestra presencia.

 

 


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