Categoria: Proyecto Wroclaw

Wroclaw, 21/06/15

 

Creo que la conductora del tranvía número 2496 es la mujer más guapa del mundo.

Se acaricia elegantemente la parte posterior de la oreja derecha y juega con su pendiente de aro mientras nos mira a través de un espejo convexo en cada semáforo que le indica detenerse.

Llueve de nuevo sobre los balcones apuntalados.

El agua se cuela dentro del vagón y me moja el pelo.

Dos cazadores con viejos uniformes militares, escopetas al hombro y latas de cerveza en los bolsillos, amenazan tormenta.

La mujer mayor del pelo caoba, que se dirige a misa, inquiere con sus miradas a la chica de rosa que toscamente conversa por teléfono con voz demasiado alta, bostezando sin taparse la boca y alardeando de su resaca.

Vuelvo a apearme en la parada de la calle Serbska, donde se concentran los fabricantes de ornamentos funerarios. Una mañana más, los nombres aún no grabados en las lápidas de mármol se dejan borrar por el aguacero.

Por fin consigo capturar la voz del cuervo, que tanto se ha acercado a mí estos días, y que tan ágilmente ha esquivado la máquina de registrar sonidos. El tranvía repite su patrón de canto sobre los raíles que cruzan el puente.

La conductora del 2496. Foto de Ainara LeGardon

La conductora del 2496. Foto de Ainara LeGardon

Cuervos. Foto de Rafa Rodrigo.

Cuervos. Foto de Rafa Rodrigo.

Observando los cuervos, grabadora en la mochila. Foto de Rafa Rodrigo

Observando los cuervos, grabadora en la mochila. Foto de Rafa Rodrigo

Proyecto Wroclaw. Donosti, 12/06/15. 10:07 am

Mis pasos en busca del líquido

Mis pasos en busca del líquido

 

En la cafetería del hospital ofrecen desayunos gratis a todos aquellos que hayan madrugado para hacerse un análisis de sangre. Es hora punta. Los enfermos en ayunas son como hienas; su mordedura, dicen que la más fuerte de entre los mamíferos.

Así que me retiro de la barra. Espero paciente escuchando y grabando el maravilloso baile de tazas y conversaciones, el tintineo de platos, vasos de agua y la amortiguación sonora que brindan los cruasanes.

Cuando inicié este proyecto, lo primero en lo que pensé al buscar puntos de unión entre Donosti y Wroclaw fue el líquido: El mar Cantábrico y el río Óder custodiando cada una de las ciudades.

A mediodía grabo mi propio paseo desde el Kursaal hasta la misma orilla de la playa de la Zurriola. Aminoro la velocidad y me recreo en el sonido de mis pasos sobre la arena, y cómo se esconden, poco a poco, bajo el rumor de las olas.

Oigo un precioso susurro que parece la rotura de diminutos cristales en la lejanía, o quizás estrellas chocando sus puntas en el fondo del mar, o destellos de las miradas de los enamorados que caminan junto a su perro, o el pudor de alguna anciana al contemplar al hombre desnudo que se sienta en el espigón. No entiendo cómo pueden sonar tan lejos y tan cerca, a la altura de mi mano, siempre al elevar mi pie izquierdo, y pienso que quizás sea posible que se me esté quebrando el tobillo pisada a pisada. Pasa un rato hasta que descubro que se trata de la sigilosa danza de las llaves de casa en el bolsillo del chubasquero.

Esta es la resonancia de mis pasos en busca del líquido, el mismo que también llevo en mis tendones. La banda sonora la prepararé dentro de unos días, cuando sea capaz de sacar el Cantábrico de debajo de mi piel y dejarlo en Polonia.

Pasos capturados

Pasos capturados

 

Proyecto Wroclaw. Donosti, 9/6/15. 7:10 am

Ojalá pudiera mover los dedos, los brazos, sacar la grabadora y registrar la pieza sonora que me dedica la máquina de resonancias magnéticas de la Poliklinika Gipuzkoa sin que se nos trague de un bocado. Veinticinco minutos de pensamiento en los que las palabras “Esplendor Geométrico” me vienen a la mente por segunda vez en menos de media hora. El logotipo circular de “General Electric” se instala sobre mi cabeza, como un halo. Y tan sólo puedo retener esos sonidos ahí, precisamente, en los dominios de esa aureola.

Acaba de amanecer y fuera del hospital los rayos de sol dibujan un trapecio naranja en un hueco que deja el cielo gris y encapotado de Donosti. Esplendor geométrico.

A las nueve ya estoy en la arena.

Lo más curioso de esta mañana es que, me sitúe donde me sitúe en la playa de Ondarreta, siempre llega el ruido de unas obras: una radial cortando mármol a la derecha, los golpes de un hombre cuasi-maniquí subido a un andamio a la izquierda. Creo que es tan sólo su mirada la que produce los impactos contra la pared.

Supongo que es así como suena la orilla en estos días: con algo de tráfico bordeándola, resonancias que no encajan con el paisaje, y el rumor de la valentía de los ancianos bañistas habituales.

Hoy, 3 de junio, comienzo las pruebas técnicas para el “Proyecto Wroclaw” (de título provisional). Espero que a lo largo del próximo mes tome buena forma tanto su contenido como su enunciado definitivo.

Hasta ahora he ido recopilando antiguas grabadoras-reproductoras, desempolvándolas y poniéndolas a punto. Antes de emprender viaje toca hacer una lista de las necesidades: ¿Cuáles y cuántos cables y adaptadores usaré? ¿Tendré por ahí un par de conectores Philips de sobra? ¿Cuántas pilas se gastarán en los paseos que iré grabando, en los cientos de vueltas que darán las ruedas que mueven las cassettes?

Realizo las primeras pruebas para comprobar que los mecanismos funcionan, las cintas giran y el sonido llega al amplificador, con un par de discos emblemáticos: “No code” de Pearl Jam y “There is nothing left to lose” de Foo Fighters, por puro gusto y con la intención de recordarme a mí misma que en este viaje no hay códigos que seguir, ni nada que perder.

Primeras pruebas técnicas para el "Proyecto Wroclaw". Foto de Ainara LeGardon

Primeras pruebas técnicas para el “Proyecto Wroclaw”. Foto de Ainara LeGardon


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